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Si el significante hablase…

Hace tiempo que vengo observando algo que hace puente entre el acto de pintar y la concepción significante del inconsciente. Decía Lacan que un significante no significa nada en sí mismo, pues solo lo hace en la medida en que se inserta en una cadena. Al igual que en el lenguaje, donde la letra se inserta en una palabra, que forma parte de una frase y de un discurso,  en la pintura, un color adquiere significado en la medida que se entiende en relación con otros.

Por ejemplo: la palabra “pico”, nos habrá llevado a cada cual a un lugar concreto. Podemos pensar en el acto en primera persona de “picar”, en el pico de un ave, en un utensilio de labor, en un indicativo de cantidad (“esto vale un pico”), en la esquina de un objeto o, como dicen en la tierra de mis padres,  en un pico-esquina, que a fin de cuentas señala lo que viene siendo el “chaflán” de un edificio. También, y ya desde la metáfora, podemos “abrir el pico” para poder hablar. Podemos pensar en “irnos de picos pardos” cuando el cuerpo alborotado se ilusiona, o de “picar” algo cuando el estómago nos demanda asueto. Quizás también sirva para el caso la expresión “meterse un pico”, tan sonada en el argot del goce con las sustancias, o lo que se refiere al acto de “chinchar” para estimular la competencia con el otro.  Sea como sea, “pico” sólo significa algo en concreto cuando se lo inserta en un discurso que le da sentido, en una cadena que lo contextualiza y lo significa.

Más allá de la polisemia semántica, nos interesa señalar que el significante “pico” nos llevará a cada cual de nosotros a recuerdos distintos, a lugares del psiquismo diferentes que estarán impregnados por la propia subjetividad, por la propia historia. El inconsciente está escrito como un lenguaje en tanto que funciona con una estructura significante donde los elementos significan solo en relación a un contexto. Por ello la realidad, siempre es subjetiva y cada cual vive una misma situación “a su manera”.

Entendí lo que significa el significante pintando. Lo sentí, diría yo.

Andaba dando forma a “oleaje”, un obsesivo ejercicio de entretenimiento donde con una estrecha gama de un mismo color pretendía captar un momento en la historia de un mar embravecido. De repente, me vi atrapado en el intento de copiar “al pie de la letra” cada color que de forma aislada intentaba identificar en la fotografía original, con el objetivo de trasladar el mismo ambiente a la composición. Profundidades, movimiento, sombras y luces sólo podían ser sugeridas con pequeñas variaciones de la estrecha gama de que disponía, obligando a recurrir a la sutileza para mostrar la diferencia.

Fue ahí cuando de repente descubrí que no importaba tanto el color que utilizase, pues en el momento en que un color (un significante) era puesto en relación con otro, adquiría para la percepción otra tonalidad distinta a la que ofrecía en solitario. Un mismo color verde parecía más oscuro cuando estaba al lado de otro más claro, y al revés. Colores que en un principio eran aberrantes fuera de la composición, cobraron sentido al situarse en los lugares apropiados que los acogían contextualizándolos en un discurso con sentido.

Entonces las cosas empezaron a ordenarse de otra manera. Un perezoso gris oscuro podía hacerse pasar por blanco si discretamente buscaba la sombra para descansar, mientras que los cobrizos, burlones, se encaprichaban por emular los reflejos del sol vespertino en las olas.

En ese momento sentí, que el universo es significantemente significante. Desde entonces, al saber de su importancia, los significantes se han puesto chulos y los significados han tratado de escurrir el bulto, mientras que a mi se me ha despertado un extraño empeño en preguntarme qué ocurría si simplemente cambiaran de lugar, o simplemente les diera por escoger mejores compañías.

Porque no es lo mismo atarte que amarte. Sin duda.

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