Psicoanalisis y psicodrama

De agarres y cegueras

O de cómo la escucha cambia el sentido. 

Por Carlos García. 

Decimos más de lo que decimos, y de ese decir, no somos dueños. 

El inconsciente, se cuela constantemente en el lenguaje sorprendiéndonos, como si fuese un otro el que nos dice. Las palabras están cargadas por sentidos que nos son desconocidos, sentidos que a menudo se rebelan y nos sorprenden cuando podemos escuchar de otra manera.

De esto precisamente hablaré hoy, de esa otra escucha que permite abrir el discurso más allá del sentido conocido, y permite el acceso a los contenidos inconscientes que gobiernan en secreto nuestro devenir. Es eso lo que caracteriza la escucha analítica, tan importante en la práctica del psicodrama freudiano.  

Para muestra de lo dicho, un botón… 

Presentaré una escena de psicodrama donde el discurso se va construyendo en un encadenado donde lo que unos dicen va siendo respondido inconscientemente por los que le siguen, quienes aportan nuevos sentidos que nos transportan a una otra verdad que habita en el envés de las palabras. Porque no es tanto lo que se dice, sino lo que se escucha. 

Abre la sesión Restituto diciendo: ayer a mi padre le dió un hamacuco y yo iba hacia el hospital pensando “no sé si llego a verlo… vivo”. Si nos quedásemos con el sentido literal de ésta frase, permaneceríamos en el plano del apuro por llegar antes de que pudiera resultar un desenlace fatal. Pero como veremos, el avance del grupo nos irá dando pistas de un otro sentido de la mano del significante “no sé si llego a verlo”. 

Restituto (o Resti para los amigos) sigue hablando del encuentro con su padre, de cómo cuando todos se han ido y se queda a solas con el padre en el hospital, se produce algo que le es muy gustoso, un encuentro que no se produce cuando hay otras personas, como por ejemplo, su madre, etc. Porque su madre le ha ninguneado mucho al padre, como él también ha hecho en muchas ocasiones. 

En su discurso, Resti llega a decir: “Cuando estamos solos, mi padre no me da pena”. Lo cual nos lleva a pensar, ¿qué es lo que ocurre cuando no están solos, que sí le da pena?. Lo que ocurre es el ninguneo.

A través de las preguntas del coordinador, se va llegando a una escena donde se produce ese encuentro gustoso con el padre. Se produce en la cubierta de un submarino, durante la visita de la familia al antiguo lugar de trabajo del padre. Allí, padre e hijo, posan en un abrazo apretado ante el sargento de cubierta, que cámara en mano, inmortaliza el momento. 

La escena se dramatiza y como siempre la escena trae consigo cosas novedosas, aspectos que revelan una parte de lo no vivido. Mientras discurre, lo que se pone de manifiesto de manera sorpresiva es la necesidad de agarrar, del hijo al padre. Algo que viene en forma de sensación corporal, de un brazo que agarra, casi como si se manifestara independiente del relato. Sin embargo, el “agarre” del abrazo no permite la mirada, pues tan cerca están, que a penas pueden mirarse. Se trata de una escena conmovedora entre un padre y un hijo, pero el exceso de afecto, nos puede dificultad ver otra verdad. Esa verdad vendrá de la mano de los auxiliares que luego pondrán palabras a lo vivido en la escena.  

Prudencio (Pruden para los enemigos), que había hecho de padre en la escena, da un otro sentido a la primera frase del protagonista. Y lo hace así: “cuando Resti dijo… “no sé si llego a verlo”… yo pensé… “de eso se trata”… “de no llegar a ver al padre” (de no darle un lugar, de no reconocerlo… en definitiva, de ningunearlo)… yo no llegué a ver a mi padre cuando estaba vivo… le he visto después… cuando me pude despegar de ese empeño mío que en realidad tenía que ver con lo que mi madre quería

Podemos ver cómo se produce un cambio de sentido en el discurso… una escucha diferente de un mismo texto… que remite a un lugar diferente y abre otro sentido, que de haber quedado adherido a la literalidad del discurso hubiera quedado extinguido. 

Pruden sigue hablando… “yo no pude ver a mi padre porque estaba en medio “el sargento” de mi madre… yo veía a mi padre a través de los ojos de ella”. Como vemos, el sargento (materno), que a la sazón hace las veces de fotógrafo en la escena del submarino, tendrá un papel importante. Pero en cualquier caso, aquí sucede otro nuevo giro en el sentido de la mano del significante “sargento”, que ya no es sólo aquel que casualmente hace la foto por estar en el momento justo, sino que se trata de una autoridad materna severa que condiciona la manera en que se mira, que condiciona la foto. De eso se va a tratar, de cómo el lugar desde donde miramos, condiciona la foto. 

Pruden sigue hablando y devuelve al protagonista algo que ha sentido durante la representación. No olvidemos que más allá de la escena original, lo que se presenta como novedad en la dramatización de la escena, aunque no tenga que ver con la realidad de lo que sucedió, tiene un valor de sorpresa y a menudo de mostrar una salida al enroque del discurso. Más allá de la conmoción del abrazo con el hijo, Prudencio siente que hay algo en el “agarre” que le está dificultando, y se expresa así: “no hace falta que me agarres, bastaría con que me pudieras mirar”. 

Esta frase atraviesa al que la dice, y también al que la escucha, porque da cuenta de algo que de nuevo había pasado desapercibido en el discurso pero estaba muy presente en el cuerpo, ele ese agarre que dificulta la mirada. agarre. 

Lo que vendrán después serán respuestas a la pregunta: ¿por qué no podemos ver al padre?

Pruden, en su discurso, y ahora ya hablando de lo propio (¿acaso en algún momento no fue así?), habla de cómo “el agarre” a lo materno, le impedía ver al padre, de cómo la alienación en ese discurso quejoso de ella sobre el padre, le impidió mirar de otra manera a ese en el que en realidad, “necesitaba creer”. 

En ese punto, el animador, plantea: “¿no es ese “necesitar creer” una forma de “agarre”?”. Esta intervención del animador tiene de nuevo un efecto de sentido que se despega de lo conocido y abre otra vía. Pruden, que andaba en esa cosa de la necesidad de “un padre en el que creer”, se ve sorprendido por una nueva asociación. El animador, en su intervención, no ha puesto ni quitado nada, tan sólo ha recogido dos significantes y los ha puesto en relación, una nueva relación que da otro giro al discurso ya manido. 

Pruden se da cuenta de cómo el padre que buscaba no era nunca el que encontraba. El empeño en ver lo que no hay (el agarre a la idea del padre anhelado), dificultó a Pruden la posibilidad de ver al padre que sí había, con sus faltas y virtudes.

Más tarde, Angustias, que había participado en la escena como el sargento que realiza la foto, vendrá a aportar nuevos significantes. “Yo era un testigo mudo de esa escena para la que un click no era suficiente… tuve que hacer varias fotos… me faltaba metraje para recoger eso que ahí sucedía”. ¡qué rico es el discurso si se puede escuchar más allá de lo literal!

¿Qué significa ser “un testigo mudo”?, ¿En qué momento de su existencia se ha sentido Angustias como “testigo mudo”?, ¿cómo es que un click no es suficiente?, ¿qué es eso para lo que no hay suficiente “metraje” que permita recoger?… sólo si podemos abrir el sentido y relanzarlo de nuevo para que el auxiliar asocie con su propia historia es que el discurso puede seguir desplegándose. Pero para eso, debemos poder escuchar más allá de lo que se dice y aviviar el discurso que termina muriendo detenido en lo literal. 

Si volvemos de nuevo al discurso grupal, vemos cómo la intervención de Angustias sigue dando nuevos sentidos y resignificaciones a lo anterior. ¿Quien es el sargento?… ya lo dijo Pruden: la madre. Un testigo aparentemente mudo desde cuya mirada se realiza la instantánea. La mirada de la madre condiciona la foto del encuentro entre un padre y un hijo. 

¿Por qué no es suficiente con un click? Quizás porque no se trata de un verdadero click, si de nuevo entendemos la onomatopeya en otro sentido. Un click es un cambio, algo que permite pasar a otra cosa.  Cosa que en éste caso no termina de producirse. 

Ya lo dijo Resti al principio, “cuando estoy solo con él, sí, pero cuando hay otros, sigue el ninguneo”. Hay algo que sigue empujando, que se empeña en “agarrar”, un click que no termina de hacerse porque lo que se juega en el fondo es un goce empeñado en dejar al padre fuera de foto, de ningunearlo en público. 

Socorro, que vio la escena como espectadora, aportará también algo de su propia subjetividad al discurso grupal. “Soy yo la que no me permito acercarme a mi padre… sigo viéndole como una niña enfadada”. ¿De qué niña enfadada está hablando Socorro?, ¿cual ese momento o escena que ha tenido la cualidad de dejarla detenida en el enfado?, no se produjeron éstas preguntas, pero de nuevo, abrir sentido nos hubiera llevado a explorar en la subjetividad, a mirar detrás de la cortina de esas enigmáticas palabras que velan viejas historias. 

La observadora, en una frase de su intervención, rescata unas palabras que sucedieron antes de la sesión, donde hablando de otra cosa, Restituto dijo: “Al final, todo se queda como estaba” (porque no termina de haber click). De nuevo se recoge un otro sentido, una frase dicha allí (en otro contexto), que se re-coloca ahora aquí propiciando un giro en el significado… revelando que las palabras siempre dicen más de lo que dicen. Si podemos escucharlas desde un lugar liberado de ataduras. 

Ayer, alguien me dijo en consulta: “me sentí atalondrado”. Y ahí se hubiera quedado si la escucha no hubiera estado fina para interrogar y descubrir que el desconcierto (“atolondramiento”) tiene que ver con la “atadura”. Porque aunque eso es otra historia, nos habla de lo mismo, de las ataduras que nos impiden acceder a esos otros sentidos que gobiernan y timonean secretamente nuestras vidas. De los agarres que nos impiden ver. 

Para terminar, y hablando de dobles sentidos, compartiré un chiste que hoy en vísperas de pascua leía en facebook: ¿alguien sabe cuándo sale la procesión que va por dentro? 

Desde el psicoanálisis, podríamos decir que se hace camino hablando, pero no solo eso… porque para hablar, uno ha de ser escuchado, y en función de cómo sea esa escucha, la procesión toma un camino u otro. Y ya sabemos que hay caminos que llevan una y otra vez al Calvario (que por cierto, también es un nombre curioso). 

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