Psicoanalisis y psicodrama

Demanda y necesidad

A menudo, demanda y necesidad social se usan indistintamente, y de ese uso indiscriminado surge una confusión. En la medida en que podamos diferenciar qué hay de cada cosa en el discurso del paciente/usuario, podremos llevar a cabo una adecuada intervención.
La necesidad tiene que ver con una carencia del orden de lo fisiológico, de lo vital. Una necesidad puede y debe ser satisfecha porque están en juego órdenes muy básicos donde la supervivencia adquiere primer plano.
Sin embargo, no todo lo que se pide se necesita.
La demanda es una expresión verbal que se basa en una creencia, en una hipótesis sobre lo que cada individuo imagina que mejorará su situación de malestar, y tiene que ver con la huella de las propias experiencias de satisfacción que fueron vividas por el sujeto. Se trata, en todo momento, de “lo que yo creo que necesito”, y en eso, hay una parte de realidad y una parte imaginaria que bebe de la historia del sujeto y tiene que ver con el deseo.
Un sujeto dependiente cree que la solución a su malestar es recibir una ayuda económica y eso es lo que demanda. ¿Es eso en realidad lo que necesita? No nos engañemos, posiblemente también necesite dinero, pero: ¿es el dinero lo único que puede satisfacer su malestar? ¿Por qué no el hecho de recibir asistencia de alguien que le ayude a realizar ciertas funciones? ¿Por qué no un curso de adiestramiento en la prestación de cuidados para algún familiar? Son sólo ejemplos…
Como vemos, separar aquí la necesidad de la demanda marca el camino de la intervención. Darle al individuo lo que cree que necesita no siempre es el camino.
En un sentido estricto, la demanda nunca es exactamente de lo que se dice porque tiene que ver con el deseo, con lo que uno ha imaginado que necesita. Si la demanda es la vía de expresión del deseo, y ya sabemos que el deseo siempre estará insatisfecho, satisfacer la demanda nos puede llevar a un bucle infinito.
No significa esto que lo que piden los usuarios no lo necesiten, sino que dentro de lo que piden, hay que diferenciar muy bien lo que es necesario satisfacer (o ayudar a satisfacer), de aquello que se queda por fuera de la necesidad y atiende más bien al deseo (pues este es responsabilidad de cada cual). Reconocer esa diferencia es la base de una intervención eficaz.
Ya tenemos clara una cosa… es preciso ayudar al sujeto a satisfacer su necesidad.
Pero, ¿qué hacemos con ese resto que queda fuera, con aquello del orden del deseo que es expresado en la demanda?…
Si le damos al usuario lo que demanda, el circuito se cierra y el individuo ya no se pregunta más. Satisfacer aniquila el deseo, y si el deseo muere, el individuo deja de moverse. ¿Cómo favorecer que el sujeto siga moviéndose en su particular búsqueda, cada vez más autónoma, de bienestar?
Resaltamos la posibilidad de no atender directamente la demanda, o hacerlo sólo parcialmente. Se trata de no cercenar esa energía que se pone en marcha cuando uno necesita (cosa que haría la satisfacción completa de la demanda), sino alentar que siga activa y lleve al sujeto a preguntarse más allá de la posición pasiva del “deme usted lo que yo necesito” (posición que por cierto, siempre es infantil-dependiente). En definitiva, se trata de trabajar con la demanda para darle la vuelta, de transformar una petición al otro en una pregunta que atañe a uno mismo. Se dice que “allí donde la demanda exige una respuesta, hay que instalar una interrogación”. Pero esto, sólo solo es posible en un contexto que permita la elaboración.
Una de las posibilidades pasa por una propuesta de participación en un grupo como los que planteamos, donde varias personas aquejadas de problemáticas similares o diferentes, comparten lo que les pasa. Como ya vimos anteriormente, el grupo es un lugar privilegiado, pues permite el descentramiento del discurso en el que el sujeto se halla inmerso y facilita una apertura resultado del contacto con otras maneras de pensar, sentir y vivir.
En esa apertura de la demanda al grupo, ésta ya no se despliega en una sola dirección. Las preguntas lanzadas por unos son respondidas por otros, de manera que el trabajador social puede dejar por un momento de ocupar ese lugar de demandado para acompañar en ese proceso de construcción de lazos que, en muchas ocasiones, permiten crear redes de ayuda.
En el grupo, se relanza el discurso anclado en una demanda fija, hacia otro lugar. Si al principio, uno viene pidiendo dinero, al final, acaba siempre hablando de otras cosas. Y en ese “hablar de otras cosas”, el sujeto empieza a desplegar su mundo interno en el que nos vamos encontrando con claves que serán indicadores de cómo ha llegado a verse donde está (y por lo tanto, también claves para su salida).
Una viñeta clínica vendrá a ilustrar algunas de las cosas señaladas hasta ahora en relación a una demanda que, como ya hemos dicho, contiene siempre algo que no corresponde con la actualidad, se trata de una demanda infantil.
En un grupo de psicoterapia, un paciente con minusvalía física leve se queja porque administrativamente no le conceden cierto grado que implicaría una pensión mayor. Durante varias sesiones, el paciente se instaló en la queja acerca del sistema, en una posición pasiva que demandaba insistentemente la participación de un otro. En una de las sesiones de psicodrama, ocurre algo que cambia de dirección su discurso. En plena queja sobre una situación vivida en el despacho de un trabajador social con el que ha discutido porque no le daba lo que pedía, aparece el recuerdo de una escena infantil donde siente lo mismo. En esa escena, que recuerda como muy antigua, él se ha caído y se ha hecho una herida. Llora y reclama la atención de la madre que, ocupada en otras cosas, no puede atenderle debidamente. La escena se dramatiza, y en el trascurso de la misma, el protagonista verbaliza: “¡préstame atención!”, “¡mírame, me he hecho daño!”. Al destaparse y jugar ésta escena, el paciente conecta con ese sentimiento de desatención que relaciona con la situación actual. El grupo le señala la exigencia con que lo pide, y esto le permite conectarse con la escena actual, donde exige al técnico satisfacción. Más allá de esto, identifica la ocupación de la madre con la cantidad de casos que el trabajador social tiene que atender, y eso le lleva a tomar conciencia de que por más que insista, hay un límite a su demanda. ¿Qué le queda entonces?… la pregunta que se abre a continuación tiene que ver consigo mismo: ¿qué puedo hacer yo?… esta pregunta cambia la dirección de la mirada y posibilita la apertura del discurso a un campo nuevo donde la responsabilidad de lo propio es la puerta de salida.
En el pedir, siempre hay un grado de dependencia. Y no olvidemos que si el objetivo de la intervención es ayudar a que los sujetos sean cada vez más autónomos, no solamente se trata de darles, sino de que tomen conciencia de cómo pueden hacer para autosatisfacerse. Eso implica poder tomar conciencia de cómo contribuyen a su estado y elaborar maneras de hacerse cargo de sí mismos (a veces, al precio de ciertas renuncias).
De esto, fundamentalmente, es de lo que trata el psicodrama freudiano, de la elaboración de un duelo por lo que no puede ser y el relanzamiento hacia lo que sí.

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