Adicciones. Carlos García. Psicólogo
Adicciones

Adicciones: La herida y el cuchillo.

Adicciones.

Acto I: La herida y el cuchillo[1].

Carlos García Requena[2]

RESUMEN: Trataré de hacer una pequeña fotografía que pudo ser hecha de muchas maneras. Encuadre, enfoque y disparo son los pasos previos a un revelado cuyo resultado es un sobrevuelo de la problemática adictiva desde diferentes ángulos. En el encuadre plantearé poner de relieve la vertiente del sujeto más allá de la sustancia; en el enfoque moveremos la óptica para asomarnos al encuadre grupal como herramienta terapéutica en adicciones; y en el disparo, daré cuenta de una sesión de psicodrama donde lo anterior quedará parcialmente retratado.

“Suprimid el opio (…) No impediréis que haya almas destinadas al veneno que fuere. Veneno de la morfina, veneno de la lectura, veneno del aislamiento, de los coitos repetidos, (…). Quitadles un recurso de locura, e inventarán otros mil absolutamente desesperados”.

Antonin Artaud.

Encuadre.

Existen diferentes ángulos desde los que contemplar el fenómeno adictivo, diferentes discursos que marcan el camino para diferentes abordajes donde quedan privilegiados ciertos aspectos en detrimento de otros. No hay un discurso que sirva por completo para dar cuenta de un fenómeno tan amplio y complejo, pero el lugar desde el que se mira la cosa, marca el camino de la interacción con ella. Partamos de la vieja cuestión de huevo o gallina: ¿sujeto? ¿sustancia? Difícil respuesta.

La adicción es muchas veces concebida como un mal que “infecta al sujeto”, que le invade y contamina, desestructurando su vida. El sujeto se vive victimizado en relación a ese demonio externo que le poseyó, aquel que a toda costa hay que extirpar. Y esa es la demanda que le hace al otro: “quíteme éste mal de encima” o “deme un pastillita que me lo quite”. Desde ésta perspectiva, el adicto pide y el profesional propone, pero en un baile sin sentido.

No negaré aquí que las sustancias, por sí mismas, tienen un potencial adictógeno y que las consecuencias de su uso continuado en los sujetos y sus sistemas neurales son devastadoras. Eso es evidente. Pero para poder ver salida a la problemática relación del sujeto con las drogas más allá de “combatir el fármaco con el fármaco”, tenemos que introducir un elemento más que hace posible el viraje: el propio sujeto[3].

Conviene entonces plantear la problemática adictiva desde el punto de vista del sujeto, y no desde la sustancia, pues es éste y su estructura psíquica, construida a lo largo de toda su historia, las que le dan valor al objeto droga[4] y la colocan en un lugar especial. Por lo tanto, la adicción no es tanto el punto de partida, sino “…un punto de llegada, preparado a lo largo del tiempo por los peculiares procesos de constitución del sujeto”[5].

Todos tenemos carencias y tratamos de negarlas de alguna manera. El desamparo constitutivo es universal y el ser humano se las apaña de diversas maneras para construir un velo en torno a esa realidad. Hay un fondo común y compartido que nos predispone a la dependencia, pero que alcanza, en algunos sujetos, intensidades fuera de lo común, estableciéndose, con sus respectivos objetos, vínculos mortíferos.

La gama de objetos a las que un ser humano se “engancha” en un intento de negar realidades, es variada. Cualquier cosa puede ser elevada al rango de “adictiva”[6]. Aunque las consecuencias de la dependencia a los distintos objetos, conductas, etc. no son las mismas, los mecanismos psíquicos subyacentes al vínculo dependiente sí lo son. Cualquier objeto puede ser objeto adictivo, lo que nos abre la posibilidad de pensar la adicción más allá de la sustancia y concebirla como una forma enferma de relación sujeto-objeto.

Hablaremos entonces de la toxicomanía como una patología psíquica, que si bien tiene toda una vertiente de “enganche químico”, éste viene a instaurarse sobre un suelo “enfermizo”, una particular disposición de estructuras psíquicas que allanan el camino y favorecen el encuentro fatal. En palabras de Víctor Korman, el fenómeno de la adicción se asienta sobre la estructura del sujeto que, en mayor o menor medida, presenta una cierta aluminosis psíquica[7]. El sujeto adicto es psicodependiente antes que drogodependiente[8].

El “sujeto sujetado a las drogas”6, no quiere saber de problemas, de dolor, de malestares ni inquietudes, no quiere saber del esfuerzo ni de nada que venga a ocupar el lugar del límite. Todo lo que huela a simbólico, a tercero[9], a frustración o castración, es vivido por él como desgarrante. No ha habido un adecuado pasaje edípico que regule la precariedad y resignifique la trama de inscripciones identificatorias narcisistas previas[10], de manera que, en términos generales, lo simbólico, como marca de la parcialidad y del límite, no ha podido inscribirse operativamente y no queda disponible para su función reguladora[11]. Esto implica quedar a merced del sustrato narcisista previo, instalado, en mayor o menor medida, en un régimen imaginario salvaje donde la droga tiene un papel de alimentar fantasías y esperanzas insostenibles. Recurro a las palabras de Javier Arenas sobre la consecuencia de este pasaje edípico deficiente: “más que quedar dotados de un narcisismo trófico capaz de ayudarles a amortiguar los avatares vitales, han quedado presos de un narcisismo voraz y caníbal[12], que les lleva a la vivencia de un mundo de todo o nada en el que quedan instalados en el intento de negar la falta, el vacío, la ausencia, el duelo. En éste sentido, la “aluminosis psíquica” es la consecuencia de un deficiente proceso de simbolización, de inscripción del límite y, en definitiva, de cierta miseria simbólica6 donde el consumo compulsivo de droga tiene el papel de ser una muleta imaginaria, una ortopedia identitaria, el parche que el sujeto intenta ponerle a una herida que cada vez sangra más.

Sin embargo, no todas las heridas son iguales. Aunque éste lugar y hoy no serán el lugar ni el momento adecuados para discutir al respecto, al menos he de señalar que las drogodependencias tendrán matices e implicaciones diferentes en función de la estructura sobre la cual vengan a situarse[13] y de la función que cumplan dentro de ella.

En general, podemos decir que las drogas pueden cumplir función de suplemento y de suplencia[14]. Como “suplemento”, tienen un valor de prótesis narcisista o complemento fálico imaginario que trata de reducir la distancia entre la realidad y el ideal. Por lo tanto, tiene el papel de compensar la “insuficiencia”. Lo intolerable en éste caso es la castración, y la droga sirve para apuntalar un montaje narcisista orientado a zafarse de ella. Se trata de un suplemento imaginario que permite sostener la bandera fálica y el reconocimiento al precio de quedar estancados y congelar el deseo. Hablar de “suplencia” supone colocar algo donde debería de haber otra cosa. Cuando la falta de inscripción simbólica dificulta el anudamiento de experiencias corporales inquietantes (emergencias de Lo Real) a una trama de significados, el sujeto queda preso de una angustia de aniquilación. El consumo es aquí la consecuencia de una incapacidad para dar sentido a la propia vivencia y un intento de silenciamiento a toda costa. El sujeto se convierte en relojero de su propia máquina[15], en vigilante perpetuo y silenciador. La droga viene a adormecer el resultado de un desorden básico, de una desestructuración angustiante que aboca al sujeto al abismo.

Otras toxicomanías se han instalado en torno a una problemática de duelo imposible, donde, en vez de un retejido sobre la falta del objeto, hay un intento de obturación con un objeto anómalo, externo, anestésico, que eterniza el duelo por la falta real. Si el consumo era una especie de medicación contra la depresión, la abstinencia implica entonces, una vuelta al vacío.

En definitiva, el montaje adictivo tiene por función el otorgar una estabilidad relativa cuando no se cuenta con el recurso del síntoma[16]. Resguardan un precario equilibrio del ego protegiendo de lo insoportable. Sin embargo, nada dura eternamente, tras cada dosis, vuelve la sombra.

El impulso del cuerpo empuja constantemente, y lo siniestro se manifiesta peligrosamente, de manera que el sujeto, incapaz de hablar de lo que le pasa (de simbolizarlo en palabras), encuentra de nuevo en el acto de consumo, una forma de acallar la voz de la pulsión. Podemos decir entonces que el acto de consumo está motorizado por el empuje pulsional y supone un modo de satisfacción autoerótico y negador del lazo con el otro. En la toxicomanía, lo pulsional gobierna la economía psíquica y su descarga se realiza directamente en el acto (de drogarse), pues no hay intermediario psíquico (el sujeto está desplazado).

El acting es la prueba de que el síntoma fracasó como recurso de anudamiento y sostén, y en su versión adictiva tiene como función otorgar una estabilidad relativa cuando no se cuenta con la eficacia sintomática, una operación narcisista que trata de resguardar un equilibrio precario del ego. No es de extrañar entonces que en el proceso de abstinencia se observen tendencias a la recaída, pues en el encuentro con el mundo “a pelo”, el sujeto va a encontrarse pronto con su pobreza simbólica, con su dificultad para manejarse en un mundo del que quedó apeado. El recurso del anestésico es siempre una salida engañosa, un bucle sin fin en el que el sujeto ya no puede dejar de estar nunca colmado, ya que el malestar vuelve una y otra vez (y la tolerancia a la frustración es mínima). Existe un goce masivo, siempre de lo mismo, que se resiste a ser cercado y lo invade todo, dejando anegado el campo del deseo.

Sujeto y droga quedan entonces suspendidos en un baile eterno, mirándose a los ojos, pero apartando la mirada del mundo, manteniendo, aún a precio de vida, la ilusión de completud y el borramiento de todo atisbo de falta.

Estamos hablando entonces de un modo enfermo de relación donde el sujeto ha dejado de ser sujeto y ha claudicado su mando ante un objeto que ha pasado a gobernar. El adicto ha confiado su vida a la sustancia y ahí quedó alienado, perdido de sí mismo. Vive enganchado en la esperanza imaginaria de que existe algo fuera de él que le puede mejorar y en ese sentido idealiza la sustancia o el acto, dotándoles del valor de quitarle un malestar que vive ajenamente cuando es propio. Mirando hacia otro lado, se aleja de sí mismo.

Se trata de un sujeto suspendido entre dos mundos que hace equilibrios para no resquebrajarse, y en ese intento, pierde poco a poco su propia huella y queda dividido. Habita un cuerpo ajenizado, de tanto anestesiarse. Un cuerpo del que se ha distanciado con tal de no escuchar unos dolores que cada vez son más.

La pobreza simbólica implica la imposibilidad de ligar el dolor a significados que reduzcan la angustia. No ha habido aprendizajes que contextualicen, que den envoltura o colchón a las inquietantes voces del cuerpo. Los dolores psíquicos son vividos como físicos, las emociones desgarradoramente corporalizadas; todo es herida. No es de extrañar que al iniciar la abstinencia, y después de haber mantenido los oídos cerrados a su propio cuerpo durante tanto tiempo, se encuentren excesivamente pendientes de una máquina que despierta amenazadoramente. “Aquellos en los que la experiencia especular y los procesos simbolizantes han resultados fallidos, muestran una percepción aguda de su funcionamiento corporal. Poseen una mayor sensibilidad respecto de su mecánica corporal, que habitualmente es silenciosa[17]. Es como si no hubieran construido un recubrimiento, una pantalla difuminadora de la cenestesia, de manera que si en otros sujetos lo interno del cuerpo queda silenciado, en el adicto habla con violencia. La pulsión se manifiesta encarnizada porque los recursos representacionales del sujeto se revelan escasos para contenerla.

Nota: Extraído del artículo “Adicciones. La herida y el cuchillo”, por publicar en Diciembre del 2012 en la revista sobre psicodrama y grupos. Speculum nº 3. Ed. Fundamentos.


[1] Título extraído de la frase de Charles Baudelaire “Yo soy la herida y el cuchillo” (en “Las flores del mal”).

[2] Psicólogo. Psicodramatista. Miembro del Aula de psicodrama. Formado en psicoterapia clínica Integrativa y gestalt. Máster en conductas adictivas.

[3] En realidad, ¿es sujeto u objeto?

[4] Los objetos no son ni buenos ni malos. Es el investimento psíquico que el sujeto realiza sobre ellos, lo que les hace adquirir un valor especial. El adicto queda identificado a la droga porque ésta le ofrece una clave ilusoria para aplacar su malestar. En éste sentido, la sustancia es envuelta por el psiquismo del sujeto adquiriendo el estatus de objeto idealizado y necesario por la función de sostén imaginario que realiza. Ref. nota 5.

[5] Korman, V. Trencadís. Gaudianas psicoanalíticas. Col. Triburgo (2010) Barcelona.

[6] Drogas, ideologías, religiones, trabajo, televisión, teléfono, máquinas tragaperras y otros juegos, alcohol, sexo, etc.

[7] Términos utilizados por Victor Korman en: Korman, V. Y antes de la droga, ¿qué? 2ª Ed. Col. Triburgo. Barcelona.

[8] Hay sujetos dependientes que nunca entran en contacto con las drogas y adictos que pese a dejar el consumo, siguen funcionando “en clave adictiva” con otros objetos. “Abstemios colgados o adictos secos” (ref. nota 5).

[9] Como elemento simbólico que viene a poner límite al goce fusional.

[10] Que como ya sabemos están estructuradas defensivamente para negar la falta y alimentar la ilusión de completud sin límites.

[11] Es precisamente eso que no aceptan, el límite, lo que les puede permitir vivir.

[12] Arenas, J. Curso superior de introducción al psicoanálisis. Seminario. Alicante.

[13] El fenómeno adictivo no será lo mismo en un sujeto que en otro, ni vendrá a ocupar el mismo lugar sobre las diferentes estructuras clínicas: psicótica, neurótica, perversa (¿y límite?). Serán la particular forma de vinculación que cada sujeto mantenga con la droga y la funcionalidad que ésta desempeñe, las que marcarán cada historia. En relación a esto, cabe mencionar que las etiquetas de “cocainómano”, “alcohólico”, etc., no pueden ser consideradas diagnósticos, pues hacen referencia a la particular sustancia con la que el sujeto litigia su goce, pero no de lo estructural del cuadro. Además, éste tipo de clasificaciones restan importancia a lo subjetivo, dando importancia a la sustancia y borrando al sujeto junto con su padecer.

[14] Le Poulichet, S. Toxicomanías y psicoanálisis. Ed. Amorrortu. 1987 Buenos Aires.

[15] Le Poulichet, S. Toxicomanías y psicoanálisis. Ed. Amorrortu. 1987 Buenos Aires.

[16] Las adicciones no son síntomas, al menos desde el punto de vista psicoanalítico. Se instalan allí donde el síntoma no pudo ser, donde los recursos simbólicos del sujeto fracasan sin poder dar lugar a una solución de compromiso o negociación entre la pulsión y la defensa. El sujeto adicto, aquejado de su miseria simbólica, no cuenta con herramientas para envolver el impulso pulsional que emerge “asalvajado” y desemboca en el acto. No es capaz de soportar las voces de su cuerpo ni los dolores que lo aquejan porque no cuenta con una estructura simbólica que le permita contextualizar su dolor y darle sostén (incluirlo en una trama de significado que le tranquilice). Hace falta todo un proceso para construir la adicción como síntoma, que se basa en un viraje desde una posición donde el sujeto se describe presa a algo ajeno a él que le atrapó, a otra en la que pueda responsabilizarse de sí mismo y empezar a preguntarse qué sentido tiene la adicción en su vida. De alguna manera, introducir al sujeto entre el impulso y la respuesta instándole a que hable de sí, del papel que la droga tiene en su vida, de los beneficios que obtiene, del pro qué y del para qué. Cuando se consigue cuestionar el montaje adictivo, al adicto no le queda otra que preguntarse por sí mismo. Es entonces cuando realiza una verdadera demanda de tratamiento. La droga no tiene peso sintomático hasta que estas cuestiones no quedan interrogadas.

[17] Korman, V. Y antes de la droga, ¿qué? 2ª Ed. Col. Triburgo. Barcelona

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