La identificación y la mirada en el espejo

Carlos García Requena[1]

Resumen: Un viaje a través del espejo en busca de las huellas de la identificación. Un recorrido que transitará por los albores de la construcción del sujeto y la génesis de las instancias narcisísticas, para terminar en el proceso de re-construcción subjetiva a través del grupo y el psicodrama.

Siempre sentí que me había construido a retales. Con algo de aquí y otro algo de allá, al menos dentro de lo que yo pude ser consciente, fui constituyendo mi persona y con-formándola en lo que yo asimilaba como “yo”, aunque no sin cierta sensación de artificio. Aspectos, valores, formas de ser y de actuar, pedazos de otros, recortes del mundo incorporados a un collage que yo sentía a la vez como extraño y propio.

Es ahora, sentado en mi escritorio, y con la propuesta de escribir sobre el proceso identificatorio y su desplegamiento en la matriz de lo grupal, cuando me doy cuenta de que aquello que yo sentía, más allá de lo subjetivo de la vivencia y de lo particular de mi experiencia, era mi propia versión del proceso universal de construcción del “yo”.

Evidentemente, lo que yo recuerdo de ese proceso no es más que algunas nociones vagas, pequeñas conciencias de unas raíces que se tienden hacia lo inconsciente. Hablo de sensaciones, recuerdos imprecisos, retratos aislados de ese proceso en construcción que yo sentía como un vergonzoso secreto, pues nunca pude apartar esa sensación fraudulenta de mi conciencia, la que me recordaba cada vez que aquello que yo recogí del otro no era algo propio, sino valores ajenos que de alguna manera incorporé.

El presente escrito puede ser tomado como un pequeño viaje a través del espejo que va desde las fronteras de la creación del yo al desnudamiento del sujeto frente a la mirada del grupo. Quizás no llego a ser consciente de la complejidad de dicho viaje, y aunque en algún momento pensé en no meterme en lugares de donde no pudiese salir, recordé unas palabras que mi padre me dijo en más de una ocasión: “¿Cómo vas a saberlo si no lo intentas?”. Pues bien, a riesgo de que mi aventura no llegue a buen puerto he decidido hacer el viaje porque seguro, algo aprenderé de él.

Comenzaré por rescatar la definición que Laplanche y Pontalis[i] proponen para el concepto de identificación como:

“… un proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones[2]”.

Entresacadas las palabras de su contexto y alimentadas por la impresión que posiblemente haya quedado tras mi aporte personal, podríamos pensar que se trata de un proceso consciente en el que el sujeto participa de forma activa y voluntaria, pero entonces estaríamos entrando ya de inicio en terrenos cenagosos. No podemos confundir la imitación con la identificación, porque si bien ambas pueden ser mecanismos de asimilación y adaptación al mundo, cada una se juega en un terreno diferente. La imitación es un proceso consciente donde el sujeto toma como modelo a otro y trata de asemejarse a él voluntariamente. En la identificación, el sujeto queda marcado inconscientemente por la impronta del otro, y pasa en cierta manera a ser y a funcionar como el otro sin saber de ello. Sabemos indirectamente de la identificación por la huella que deja en forma de acto, pero el rastro de cómo se construyó y el sentido de esa semejanza quedan ocultos en la maraña del inconsciente.

Se trata por tanto de un proceso psicológico inconsciente, de un mecanismo de adaptación al mundo a través de la asimilación de aspectos de los otros y la incorporación al propio mapa psíquico. Queda pues al descubierto que la identificación es un aspecto estructural y necesario a través del cual, el sujeto va con-formándose y construyendo su propio “yo”, de una forma primitiva de vínculo con el otro donde el sujeto, en su proceso de adaptación al caos de su primera existencia, empieza a generar una estructura que servirá para empezar a poner orden y dar cierta forma al desorden.

Fue Freud quién dio las claves del asunto al vislumbrar y afirmar que las identificaciones son estructurantes del sujeto, es decir, fundamentales para la construcción del aparato psíquico.

Siguiendo con la huella freudiana en lo que tiene que ver con la identificación, que él mismo definió como “la manifestación más temprana de un lazo afectivo con el objeto”[ii], he de rescatar algunos aspectos acerca del proceso de diferenciación progresiva entre el sujeto y objeto[3].

El niño, que procede del estado intrauterino donde nada le faltó, ingresa ahora en un mundo en el que poco a poco va apareciendo la sombra carencial. Si la fusión inicial implica no distinguirse de los otros (los objetos), el principio de realidad (vehiculizado por la no satisfacción inmediata) irá produciendo un corte que poco a poco irá hablándole de la presencia de un otro separado de él, que en el caso de la madre, es quien regula su satisfacción. Ese encuentro con el principio de realidad amenaza la completud y comienza a estructurar las bases de sí mismo como sujeto diferente de otro. Asimilar esa diferencia, pasa por un estadio intermedio de identificación, donde en un intento de borrar la sombra de la separación, el niño se identifica con el objeto[4]. Desde éste punto de vista podemos entender que si la diferencia va del lado de la autonomía progresiva del sujeto, la identificación, al menos en la más regresiva de sus versiones, es un intento fusional, un mecanismo defensivo que trata de borrar la falta.

En otro momento, Freud nos dice: “Identificarse es querer ser aquel que no se puede poseer”. Partimos de la base de que el sujeto siempre desea al otro. Cuando no lo puede poseer, se las arregla para ser el otro por la vía de la identificación. Dos direcciones se van dibujando, una regresiva y la otra progresiva, que encarnan respectivamente la alternativa del ser o del tener.

Para entender el valor de la identificación como constitutiva del yo[5], debemos de remitirnos al estadio del espejo de Lacan, quien introduce la experiencia especular para retratar simbólicamente el momento en el que niño descubre por primera vez su imagen reflejada en el espejo[6], conformando una primera visión unitaria de si mismo frente a la caótica vivencia de fragmentación en la que está sumido en sus primeros meses.

Si hablamos de éste momento como fundacional o constitutivo, implica que antes de él, no había yo, tan sólo una serie de percepciones fragmentadas acerca de sí mismo. La imagen que recibe le da forma como algo diferente a “todo lo demás” y le produce júbilo porque da un contorno que recoge sus sensaciones y vivencias caóticas. Esta primera identificación que servirá como un marco rudimentario del yo, será la base donde se irá encuadrando el resto del puzle psíquico del sujeto confeccionado a partir de diferentes identificaciones con aspectos recogidos del otro y pegadas como retales a una imagen o representación de sí mismo cada vez más compleja.

Decimos que la mirada del otro nos viste y nos desviste. Y en ese sentido cabe ahora señalar algo del primer enunciado y dejar para cuando hable del juego grupal la cuestión del desnudamiento. La mirada del otro nos viste, porque es a través del vínculo con el otro que el sujeto aprende a ser sujeto[7]. La identificación, como vínculo primitivo, supone la adopción de una imagen confeccionada a partir de aquellos retales de información o decires del otro, que nos sirven como claves de adaptación para situarnos mejor en la lucha por el amor.

Por eso, el estadio del espejo ha de ser tenido en cuenta como una identificación, como el retrato de un momento mítico que pretende hablarnos de los primeros intentos del sujeto por eludir su vivencia dividida a través de la asunción como propia de una imagen ficticia, imaginaria, una imagen recogida del mundo para adaptarse camaleónicamente a él. Una forma que hará las veces de contenedor de angustia al aglutinar patrones de respuesta seleccionados por resultar adaptativos y útiles en el manejo de la incertidumbre vital. Recortes del mundo asimilados como claves para vivir en él, coagulados en una forma rígida a la que damos el nombre de “Yo ideal”. Se trata por tanto del punto de partida del Yo, un primer momento donde los fragmentos del espejo van a condensarse en una imagen sin fisura, narcisista y tirana[8] que será la base de las posteriores identificaciones o imágenes yoicas. Una imagen que hará las veces de síntesis del sujeto y ofrecerá el espejismo siempre buscado de la completud, un intento que será siempre fallido porque en el fondo trata de suturar una falta ineludible.

A la luz de lo hasta ahora dicho, podemos entender que si bien la identificación es un proceso necesario y constitutivo del yo, también es un mecanismo de atrapamiento[iii], ya que una parte del sujeto queda capturada en el espejo, repitiendo una y otra vez.

Tanto Freud como Lacan hablan de varios tipos de identificación, pero en vez de hablar de todas ellas, me quedaré con dos ideas básicas al respecto. En la identificación regresiva, el sujeto incorpora rasgos del otro y se identifica rígidamente con ellos en un intento por borrar la marca de la diferencia y mantenerse ilusoriamente en la fantasía de fusión, de completud. Se trata de un movimiento defensivo cuyo resultado ya he mencionado al hablar de la imagen rígida y alienante que se relaciona con el Yo ideal. Allí donde Freud habla de identificación regresiva, nosotros podemos pensarla desde el lado de la identificación imaginaria, pero en ambos casos se trata de un intento de volver a la situación de completud, una rígida identificación entre el yo y el objeto en un intento de borrar el rastro de la falta.

Por otro lado, la identificación progresiva[9] es la vía alternativa y menos rígida que corresponde con el Ideal del Yo. Si en el Yo ideal el individuo queda pegado a la imagen con la que se identifica, en el Ideal del Yo, ya se ha producido un cierto despegamiento de la misma, que ha sido pasada por el tamiz de la realidad y queda únicamente como un resto que perseguimos, un rasgo al que nos adscribimos en nuestra búsqueda particular, pero que más que alienarnos nos guía. Podemos ver cómo la identificación, como capacidad de ocupar lugares y posiciones psíquicas diferentes no es en sí un problema, pero sí la fijeza o la rigidez con la que el sujeto se adhiere a esos lugares y el alienamiento identitario que se produce en consecuencia.

La identificación regresiva y la progresiva son dos momentos del proceso evolutivo del sujeto. Si a través de una, el sujeto se construye pero queda atrapado, a través de la otra, el sujeto se libera a cambio de aceptar la diferencia[10]. Se trata por tanto de un tránsito al que podemos llamar “descabalgamiento del narcisismo” y que implica el “paso del Yo ideal (tirano) al Ideal del Yo (motor)”, el paso de la rigidez a la flexibilidad, a la adaptación.

Si el proceso de la construcción imaginaria del yo se produce a partir de identificaciones masivas y rígidas con los otros, el camino de contacto con la propia identidad implica primero cierto grado de des-identificación o des-pegamiento, para luego volver a identificarse de otra manera.

Hagamos un alto en el camino, y con él una pequeña regresión que nos servirá para contemplar lo mismo desde otra óptica, la que concierne al contenido de las identificaciones y no tanto al mecanismo. ¿Qué aspectos, propiedades o atributos?, en definitiva, ¿qué rasgos son los que sirven de base para la identificación?

No puede ser más verdad que venimos al mundo desnudos, indefensos y desprovistos de habilidades para desempeñarnos en una trama que nos pre-existe. Un lugar que está determinado de antemano por multitud de condicionantes de los que sería imposible dar cuenta con rigurosidad, pero del que me bastará tomar tan sólo uno de los niveles para hablar de la identificación, el de las relaciones con los semejantes. Unas relaciones cuya base es el amor y que desde el principio responden a la dialéctica del amo y el esclavo, presentándose como relaciones de dependencia, esclavitud y alienación.

El individuo nace como un eslabón de una cadena o leyenda familiar, inscrito en un linaje que sin duda dejará impresas sus huellas. Viene a ocupar un lugar entre padres, hermanos, abuelos y otros familiares, donde los deseos, los miedos, las expectativas, frustraciones vitales e incertidumbres de esos mayores serán condiciones previas. Partiendo de ahí, su andadura en el mundo irá señalada por esos “otros” que le irán diciendo quién es. El niño irá recogiendo esos fragmentos e incorporándolos en un intento de mimetizarse con su entorno. Pero antes de incorporar esas imágenes recogidas del otro, mirará a sus papás, buscando validación. “¿Yo soy esto?” “Sí, tú eres eso” (“o no, no eres eso”). Es en ese punto de validación donde la identificación queda fijada[11].

En esa relación constructiva con aquellos modelos que le rodean, el sujeto irá recogiendo etiquetas, quedando prendado, consciente o inconscientemente de rasgos, síntomas y aspectos del otro. El resultado, un cuerpo atravesado por los decires del Otro[12], por enunciados portadores de anhelos, ideales, deseos y prohibiciones de los que se apropia el sujeto en su intento por conseguir un lugar entre los otros, huellas que quedan como astillas bajo la piel. “Fulanito es el listo de la familia” o “menganito es igualito que su padre”, son ejemplos de enunciados familiares identificatorios[13] que dan cuenta del etiquetaje a partir de aquellos fragmentos que recibimos del Otro y que nos adjudicamos secretamente como guía de relación. Son aquellos retales de información desprendida de la eterna pregunta sobre el Otro y al Otro, formulada en secreto para asegurar la propia imagen.

Recuerdo que mi padre solía decir: “tú eres mi orgullo”. Cada vez que recuerdo sus palabras me estremezco al pensar en todo lo que hice para serlo. En realidad nunca supe qué significaba aquello, pero lo imaginé. No importa cómo ni por qué, pero la sombra de esas palabras sigue pegada a mis oídos y en algunas ocasiones me sigo descubriendo envuelto en una extraña lucha por ser algo que yo no he elegido ser. Por suerte, y al menos en ese punto, siempre emerge al rescate la pregunta que viene a dar esquinazo al desasosiego y me coloca frente a mí mismo: ¿quién soy yo?

Hablaba al principio de un viaje a través del espejo, y me encuentro ahora en otra de sus caras. Si hasta ahora he hablado sobre el proceso constructivo del sujeto en torno a una imagen, he de hacerlo ahora sobre cómo el complejo identificatorio de cada individuo se pone en juego en los grupos, y de las posibilidades que ofrece dicho entorno en la ayuda al proceso de subjetivación de cada cual, especialmente en lo que concierne al psicodrama.

Podemos concebir el grupo como un espejo, multitud de miradas frente a las que quedamos desnudos. Un crisol de imaginarios resonando unos con otros, ofreciendo lugares donde verse reflejado, actuando como matriz para el desplegamiento de las identificaciones. Si es en torno a la mirada del otro que nos estructuramos, el grupo se sirve del mismo elemento para deshacer el camino pues supone una confrontación continua ante la que no se puede evitar quedar tocado.

Al exponerse en el grupo, cada sujeto se pone en juego, dejando al descubierto diferentes versiones de sí mismo. El yo, a veces poco accesible a la propia mirada, queda reflejado en cada uno de los fragmentos del espejo que devuelven los miembros del grupo y la imagen construida para dar coherencia a la multitud de fragmentos queda de nuevo hecha pedazos, mostrando una realidad que me deja desnudo[iv]. Por ello el psicodrama es el lugar de las identificaciones, porque ofrece la posibilidad de reconocernos en el espejeo mutuo, y permite que a través de la palabra, la elección y la representación, el juego identificatorio quede al descubierto.

En un primer momento el sujeto cuenta la escena. Se trata de re-construir de nuevo, con el mayor detalle posible, aquellos condicionantes que estuvieron presentes en el momento que relata. Al hacerlo, irá rescatando fragmentos de su historia, poniendo de nuevo en palabras aquello que se dijo y, con un poco de suerte, quizás ahora lo que no. Contará partes de su historia, omitirá otras, y en ese trance, quedarán al descubierto en sus palabras o en sus actos, las huellas de una realidad guardada de forma distorsionada, aquella que cada cual quiso creer, aquella con la que se identificó con el fin de salvaguardar el amor propio. Por el simple hecho de volver a relatar, queda de nuevo enfrentado a su historia, pudiendo revisar y releer de nuevo lo antiguo a la luz de lo nuevo. Las identificaciones a las que cada cual quedó pegado pueden despegarse al comprobar que quizás la historia no fue como uno la entendió, que cada cual creyó su mentira, la que sostenía una imagen coherente que, en realidad, nunca lo fue.

En el inconsciente no hay tiempo, de manera que lo pasado se actualiza en el presente. Escenas del allí que vuelven al aquí, y en el juego quedan desveladas para siempre, dejando a su paso recuerdos olvidados y afectos que un día dejaron de brotar.

También en las elecciones queda al descubierto la fuerza atrayente de la identificación, pues cuando alguien señala a un otro para representar el papel de un tercero, nunca lo hace por casualidad. Interrogar acerca del por qué de la elección[14] nos da pistas acerca de la misteriosa lógica en la que el protagonista se basó a la hora de vincular a los auxiliares en una escena donde están precisamente por ser portadores de un rasgo “clave” que les diferencia de otros. Freud dice que la identificación es siempre parcial, de manera que el sujeto se limita a tomar del objeto uno solo de sus rasgos. Un rasgo que por sí mismo es suficiente para dar cuenta de las huellas de la identificación, pues se trata del pespunte a través del cual el presente quedó unido al pasado y el auxiliar queda unido a la escena. Un rasgo mínimo que Freud llamará “rasgo único” y que más tarde Lacan bautizará como “rasgo unario”[15]. Más allá de cómo le llamemos, lo que más nos interesa de éste concepto en su relación con el psicodrama tiene que ver con que sirve como clave o motivo en base a los cuales el sujeto guía sus elecciones, de manera que éstas nunca son casuales y responden a la repetición[16].

Una palabra, un gesto, el tono de su voz, su imagen o determinada actitud de carácter pregnante que me llevó a seleccionar a fulanito para representar a mi padre, esperando que éste respondiera según lo esperado. Sin embargo, el otro nunca responderá de la manera esperada, de manera que en cada uno de esos encuentros fallidos, romperá con el imaginario y abrirá una nueva posibilidad de alejamiento panorámico que permita cierto despegamiento de la película a la que uno quedó pegado. En cada elección se revela lo imposible, el punto de sutura donde la imagen flaquea, donde los bordes no pueden pegarse porque se trata de fragmentos de un espejo ahora roto. En ese imposible de la elección, donde nunca volverán encajar a las cosas, el sujeto se verá abocado a una confrontación con la falta.

Si el sujeto, en la identificación se funde con el otro a través de la semejanza, en el psicodrama se encuentra constantemente con la diferencia[17]. Uno cuenta su historia, tratando de ser fiel al propio recuerdo, pero en esa reconstrucción introduce detalles y se encuentra con aspectos que le asoman a una nueva versión que termina por sorprenderle; elige a aquellos que supuestamente responderán como espera, pero éstos no lo hacen; también cuando me eligen para representar un papel mi propia imagen vacila pues las razones de la elección dejan al descubierto facetas que no reconozco ni siento. En definitiva, nunca encuentra reflejo ahí donde espera encontrarlo. En todos esos momentos de encuentro con el otro, allí donde uno se mira esperando una imagen devuelta, recibe el rastro de la fractura, una imagen fragmentada. Narciso se mira en el río y éste no devuelve la imagen esperada.

Uno eligió, y en su elección dejó imágenes en los espejos, huellas de los lazos identificatorios. Pero como el psicodrama no se queda ahí, pues se trata sobre todo de acción dramática, el sujeto pondrá en marcha su escena, mostrando a cada paso el imposible al que apunta, la muestra de la constante repetición. En la acción, cada cual se comportará de acuerdo a sí mismo y a su historia, pero nada sucederá como se imaginó y el intento de recrear el imaginario siempre será fallido. Las escenas que vivieron guardadas en archivos inamovibles en servicio del mantenimiento de una imagen coherente, tambalean cuando lo esperado no aparece y queda al descubierto la tendencia rígida a la repetición. La imagen del espejo se fractura, el Yo ideal se desmorona y el sujeto queda desnudo frente a sí y frente al grupo. Al dramatizar siempre se pierde y se gana algo. Si la mirada del otro fue la que sirvió para construirnos, también la mirada del otro, simbolizada en el grupo, será el elemento que ayude al desnudamiento, para que en esa brecha que produce el drama, los sujetos se puedan re-estructurar.

Los yo-auxiliares en su contribución a la escena, también juegan de lo propio, pues al representar el papel que se les asigna pueden elegir dos vías: la vía de la imitación, cuando reproducen aquello que describió el protagonista, “ajustándose al guión”; la vía de la identificación, cuando se dejan llevar por lo propio y en ese acto se cuela el cuerpo y el afecto como elementos inesperados. Es en ese momento en el que uno se lanza a la acción y decide ponerse en juego a sí mismo, donde comienza una partida en la que los riesgos anuncian la sorpresa. La acción pone en marcha al cuerpo, que se despliega en la escena; libera la palabra, que vuela desatada por los influjos del drama y se precipita al vacío; moviliza los afectos, que se entremezclan, resonando unos con otros; y moviliza el inconsciente que asomando en el descuido deja rastro de las huellas identificatorias. En la dramatización, la imitación es la antesala del identificación, pues uno empieza reproduciendo, pero termina agregando, porque el que comienza jugando termina despertando y encontrando sorpresas por el camino.

Tanto en el planteamiento de la escena (caldeamiento), como en las elecciones o en la acción, la escucha psicoanalítica juega un papel esencial, pues es sensible a la aparición de aquello del discurso que viene de otro lugar, aquello que resalta por cualidades diferentes y que denominamos manifestaciones del inconsciente; una palabra robada que se cuela como la luz por debajo de la puerta, un gesto desapercibido que dice más de lo que calla, un inocente equívoco, una contradicción inesperada o una ademán descuidado que se desliza en el acto. Es el animador y más tarde el observador quienes hacen lugar en su escucha a esos deslices del discurso, a esas brechas a partir de las que separar un poco más aquellas realidades en las que el sujeto quedó identificado-pegado, de otras realidades. Es el otro[18], con su discurso, con su mirada y con sus actos, el que ayuda al despegamiento identificatorio. Es el otro el que confronta la rigidez y la parcialidad con la que vivimos y contamos nuestra historia, dejando al descubierto cómo la subjetividad es pluriforme y por tanto, siempre relativa. Es en ese descabalgamiento que supone el tomar conciencia de que las cosas pudieron suceder de forma diferente a cómo yo las viví, que comienza la holgura necesaria para la reconstrucción.

El psicodrama permite la posibilidad de jugar las escenas desde roles no habituales, lo que supone la posibilidad de contemplar lo vivido desde otros lugares, desde la piel de otros personajes. La libertad para cambiar de registro que ofrece el cambio de roles, implica una posibilidad de despegarse por un momento de la propia imagen, pues es evidente que para cambiar de piel, uno ha de despegarse antes de la propia. Dejar navegar a vela tendida los imaginarios para ocupar el lugar de otros, y desde ahí, poderse uno responder a sí mismo cuando vuelve a su lugar. Presentificar en la escena aquello que sucedió en otro tiempo para poder sentir y decir ahora las cosas de otra manera. Es lo que tienen los viajes, uno nunca vuelve de la misma manera.

De eso trata el psicodrama, de dramatizar para desdramatizar, de des-identificarse, para luego identificarse de otra manera. De destronar el Yo ideal para instalar el ideal del yo; del paso del estatismo a la acción; de la adhesión a la imagen, a los distintos grados de despegamiento con las identificaciones a las que nos hemos adscrito. En definitiva, de arriesgarse a la castración para descubrirse como sujeto.

El paso de las identificaciones regresivas a las progresivas se va observando tanto en lo individual como en el proceso grupal a lo largo del tiempo. Los participantes del grupo van mudando una armadura rígida para vestirse con ropas más ligeras, van renunciando a las pesadas cadenas de ciertas identificaciones[19] y recogen por el camino aquellas que pueden servirle de proyección hacia el futuro[20]. Las preguntas que cada cual se lanza a sí mismo resuenan en todos los oídos y producen dispares resonamientos.

Al principio, el sujeto reclamará su diferencia con los demás miembros del grupo, “yo no soy como ellos”. ¿A quién se dirige? Ya mencioné anteriormente que si bien el sujeto se construye al mirarse al espejo de sus semejantes, necesita el reconocimiento o validación por parte de aquellos que ocupan el lugar del Otro. Si en otro momento, el niño miró a sus padres para confirmarse, el adulto intenta agarrarse ahora a las figuras de quienes ocupan ese lugar diferente, el del animador y el observador. Dirigirá su mirada hacia ellos esperando un reconocimiento, la confirmación de la imagen que tiene de sí. Identificado con esa otra posición, tratará de alcanzarla, ocupando a veces el lugar del terapeuta al realizar devoluciones o interpretaciones a los otros participantes, absteniéndose otras veces a interaccionar o instalándose en un silencio resistente. A través de esos intentos, tratará de negar la vinculación con los semejantes (miembros del grupo) y reivindicará el lazo privilegiado con aquellos que ocupan de paso el lugar de los conductores del grupo. El sujeto necesita mirarse en algún lugar para confirmar su imagen, pero aquellos que podrían reforzarlo, en psicodrama se abstienen[21]. Una no respuesta que anima nuevas preguntas, nuevas miradas, aquellas que se dirigen ahora al resto de participantes y a sí mismo. Es en esa vuelta al grupo donde el sujeto va a poder encontrar su lugar, ese que sí puede ser, el que le coloca al lado de sus hermanos, los otros miembros del grupo; y ya se sabe, con los hermanos, uno sí puede jugar. Es cuando el sujeto se arriesga a bucear en el grupo, se ponen en marcha las identificaciones y a partir de ahí, sólo es cuestión de tiempo que éstas se vayan movilizando, despegándose para luego volverse a unir de otra manera. Se trata de otra cara de la progresividad en la que partiendo del reconocimiento de la diferencia uno puede encontrarse con la igualdad.

Con el tiempo, los encuentros sucesivos del grupo facilitan el paso de un modo de relación a través de la imagen a un conocimiento real de las personas. Ya no elijo a mis compañeros por lo que imagino sino por lo que sé que son. Los reconozco como iguales y al mismo tiempo diferentes, otras personas. Los imaginarios han sido confrontados, las imágenes destruidas y como fruto de eso, se produce un mejor ajuste con la realidad. Un nuevo paso a la progresividad, donde las imágenes rígidas son sustituidas por otras más flexibles, donde uno puede ocupar otros roles y permitirse otros juegos para poderse adaptar mejor.

Porque al fin y al cabo, la relación especular nunca se acaba, pero no es lo mismo ser siervo que libre, no es lo mismo sucumbir bajo el yugo de la imagen tirana que navegar libremente siguiendo la estela marcada por otros para luego relanzarme en el solitario camino del propio deseo.


[1] Psicólogo. Psicodramatista. Miembro del Aula de psicodrama. Formado en psicoanálisis, análisis bioenergético y Gestalt. Especialista en adicciones.

[2] Cuando alguien habla de su yo siempre lo hace en referencia a las muchas imágenes que tiene de sí mismo, que era a lo que se refería Freud con el término “pluralidad de las personas psíquicas”.

[3] El término objeto hace referencia no tanto a la “cosa física” en sí, sino a la representación psíquica inconsciente de la misma.

[4] Hay que destacar que para Freud, la identificación es un proceso activo del sujeto A, que recoge rasgos del objeto B para incorporarlos a sí mismo. Lacan establece una diferencia al hablar del Otro (objeto) como instancia que pre-existe al sujeto y que deja su huella o inscripción, de manera que es fundante del sujeto.

[5] El yo freudiano se constituye cuando la libido inviste una imagen que pasa a funcionar como un objeto, momento que es retratado por Lacan en mediante la identificación del niño a la imagen de sí en el espejo.

[6] Más allá del encuentro real del niño con el espejo y del asombro ante el descubrimiento de su propia imagen, la metáfora especular simboliza cómo el sujeto se va construyendo a sí mismo a partir de los decires de aquellos diferentes a él que como espejos le devuelven imágenes de lo que es.

[7] Una mirada al otro para saber de sí mismo.

[8] En palabras de Javier Arenas, el Yo ideal se corresponde con lo que él llama “Yo tirano”, mientras que el Ideal del yo, es el “Ideal motor”.

[9] Freud no habla de identificación progresiva, sino de una buena salida del Edipo en la que el sujeto varón se identifica con el padre y la niña con su madre. En Lacan, podría equivalerse a la identificación simbólica mediada a través del significante rasgo unario.

[10] La identificación implica la semejanza, pero también necesariamente la diferencia. Cuando puedo reconocer que soy diferente al otro, entonces puedo parecerme a él sin miedo a quedar atrapado. Ese tipo de identificación facilita la propia proyección en el mundo a partir de la huella que dejó el otro.

[11] Lo simbólico viene a apoyar lo imaginario. El niño genera un imaginario con el que se identifica porque los padres lo apoyan, es decir, lo fijan en el registro simbólico.

[12] Cuando hablo del “otro” tiene que ver con el lugar que viene a representar al semejante con el que me identifico de forma imaginaria (el otro del espejo). Al hablar del “Otro”, me refiero al lugar simbólico que viene a autentificar, a rubricar la imagen que el niño se ha hecho de sí mismo.

[13] Concepto explorado por Piera Aulagnier y que alude a cómo el sujeto queda pegado a ciertos discursos del otro que marcan y vertebran su vida al servir de sustrato para las identificaciones a las que el sujeto quedará pegado.

[14] Hablar del por qué de las elecciones es propio del psicodrama freudiano. Al poner en palabras cómo es que un sujeto eligió al otro supone una convocatoria para hablar de las huellas que guiaron la identificación, de aquellos rasgos a los que el sujeto quedó pegado. Poner palabras supone, en definitiva, la posibilidad de paso desde lo imaginario a lo simbólico.

[15] El rasgo unario está representado por aquellos rasgos de los que un día quedó prendado el sujeto, de manera que desde entonces anda buscando objetos que “contengan o representen” ese mismo rasgo. Un rasgo que anuncia la falaz promesa de completud, una búsqueda cegadora a la caza y captura de algo que se dibuja en las fronteras de lo imposible. Sólo puede distinguirse al tener en cuenta toda la historia de un sujeto, donde resalta precisamente por su ausencia, por ser el factor común faltante al conjunto. Y de ahí, que el sujeto lo busca constantemente en sus relaciones. Sin embargo, esa búsqueda es siempre improductiva, porque más allá de encontrar la unicidad, lo que encuentra es la diferencia, lo que le falta, lo que no hay. La identificación tiene que ver con la repetición en ese sentido. Ahí donde uno repite, está la identificación, que siempre es inconsciente.

[16] Como búsqueda constante de aquello que representa el espejismo de la completud, que en el caso del trazo unario viene condensado en un rasgo pregnante.

[17] La identificación es lo que nos permite reconocernos en el otro, pero para que eso suceda es necesaria la existencia de dos personas distintas, el sujeto y el modelo. Si en la constitución del sujeto se pasa de una primera fase donde no hay otro, donde la madre y el niño están fusionados, para que sea posible una identificación secundaria o progresiva, ha de reconocerse la diferencia entre uno mismo y el otro. En el psicodrama, el sujeto se encuentra constantemente con otros, y en ese encuentro, se produce la ruptura de la identificación imaginaria.

[18] En el grupo, los compañeros y los terapeutas forman parte del juego identificatorio, aunque no desde el mismo lugar. Si bien el animador y el observador juegan en el grupo desde el lugar de la función, los integrantes del grupo lo hacen desde el lugar del rol (véase diferencia entre rol y función en T. de Bergallo, A. Rol y función en el psicodrama freudiano. Revista de psicodrama y grupos. Speculum. Nº 0. Ed. Fundación mediterránea de Neurociencias. Pág. 33)

[19] Regresivas.

[20] Progresivas.

[21] Poniendo límite a lo gozoso del intento.


[i] Laplanche, J. y Pontalis, J.B., (1993). Diccionario de psicoanálisis. Paidós. Barcelona.

[ii] Freud, S. (1921). Cap. IV. Más allá del principio del placer. Psicología de las masas y análisis del yo. Sigmund Freud. Obras completas. Ed. Amorrortu. Buenos Aires-Madrid. 303 pp.

[iii] Cortés, E (2004). Apuntes de psicodrama (freudiano). ECU. Alicante.

[iv] Enríquez, M. Art. Lo que se pone en juego en la transferencia con el otro. Cuadernos de psicodrama. Revista de la asociación e psicodrama freudiano. (Nº5)

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  • Lemoine, P. y Lemoine, G. (1996). Cap. 1. Teoría del psicodrama. (2ª ed.) Ed. Gedisa. Barcelona.
  • Cortés, E. (2004). Apuntes de psicodrama. ECU.

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